Dolores era una mujer fuerte, pese a su constitución más bien flaca. Tenía un cuerpo bien delineado, piernas largas y rollizas, caderas anchas y pelo crespo.
Poseía en su rostro con facciones morenas y finas heredadas de las tías Candita y Candona, “Las caras de virgen” como se les conocía en el pueblo.
Dolores odiaba su nombre. Toda la gente del pueblo, incluyendo a su madre le decían: - Ese nombre es de mala suerte para una mujer, las que tienen ese nombre sufren mucho en la vida… Ella pensaba que esas cosas eran supersticiones de viejas. – Uno forja el destino- decía. Y siguió creyéndolo años mas tarde al romper el hechizo de la olla.
Esa mañana se había levantado temprano, como de costumbre, pero algo había cambiado la mitad del rumbo de su vida el día anterior. La otra mitad cambiaría algunas horas después, ese mismo día.
Estaba asaltada aún por el asombro, atrapada entre la vergüenza y el odio hacia Indalecio, su marido. – cómo pudo hacerme eso! –pensaba Dolores. ¿Por qué pasó 30 años vendiéndome la mentida de ser mi esposo, jurándome el amor de las películas y los cuentos? ¿Por qué esa desconocida mujer regresaba del pasado justamente hoy? ¿Por qué había venido desde Izalco a mostrarme la foto de su matrimonio con Indalecio 35 años antes y a echarme en cara que ella era la legítima esposa y yo no?
Desesperada, Dolores salió con su venta de chocolate. Iba escarbando en el interior de su corazón con la pala de sus pensamientos. Trataba de encontrar la medida justa del dolor pero no lo lograba. Se revolvía entre los recuerdos: las noches juntos, las promesas hechas, las palabras secretas…
Aunque sabía que su amor por Indalecio hacía tiempo que se había esfumado, iba absorta, saboreando el dolor de la noticia, preguntándose qué poder ajeno a ella le impedía dejarlo. Iba tan ensimismada que no se percató de la presencia de Olivia, su vecina, quien iba a contribuir sin saberlo a romper el hechizo. Apenas un día antes, Dolores supo que su esposo era brujo, que era originario de Izalco, tierra llena de mitos y leyendas sobre brujos y maleficios. Por Olivia se enteró que Indalecio la tenía “curada” para que no lo dejara. Dolores explotó y regresó a su casa. Iba dispuesta a todo.
Nunca se imaginó lo que sucedería en ese cuarto. Entró sigilosamente, levantando un poco la puerta para que no rechinara el moho de las bisagras. Estaba oscuro, con un olor penetrante a humedad causado por las constantes lluvias que habían caído las últimas semanas. También olía a incienso y a cera de candela.
Momentáneamente vio a Indalecio y lo contempló por última vez con ternura. Recorrió con la vista su cuerpo moreno, su espalda ancha, las nervaduras pronunciadas en sus brazos, sus piernas fuertes y su pelo lacio. Agradeció que ese hombre tuviera un carácter apacible, manso, lento que daba la imagen de ser dueño del tiempo.
Dolores reaccionó al instante y no podía creer lo que veía. Indalecio se encontraba desnudo en medio de un círculo de candelas encendidas, con la piel embadurnada de cebo de animal y la cara pintada con signos extraños. Al centro se encontraba la foto de Dolores atada a un listón rojo, mientras él viajaba a otro mundo, completamente en trance, comunicándose con los suyos, desafiando la materia y las leyes del tiempo. Viajaba hasta sus orígenes pidiendo a los dioses mantener el hechizo para la mujer que amaba, mientras se lavaba los genitales en la olla, la misma que ocupaba Dolores para hace el chocolate y cocer la sopa del domingo. De súbito, Dolores empezó a romper vasijas y canelas, maldiciendo a Indalecio. El brujo entonces regresó del viaje que iniciaba, quedándose mudo de asombro y de vergüenza; además, sabía que, interrumpiendo el rito corría el riesgo de perder definitivamente a Dolores.
Al ser arrebatada y arrojada por Dolores la olla –centro del rito- rodó inclemente por el centro de la calle principal del barrio, donde las vecinas en cómplice cuchicheo miraban sorprendidas cómo se deshacía el hechizo. La olla se rompió en pedazos, llevándose con ella también el corazón roto de Dolores, quien había constatado la certeza del hechizo y momentáneamente creyó en la maldición de su nombre. Al romperse la olla se deshizo el hechizo que por más de 30 años había mantenido a Dolores atada a aquel hombre.
̶ Váyase de mi vida No quiero volver a verlo mientras viva, ni muerto quiero volver a verlo- le gritó Dolores. Y así lo hizo.
Años más tarde, la alcaldía le envió 3 telegramas para que fuera a reconocer el cuerpo de su marido, muerto por el hambre y la mendicidad y la tristeza que da el desamor. Dolores se arregló como nunca y se fue de paseo a la playa con un nuevo amor y repitió para ella sola:
̶ Juré que ni muerto lo iba a volver a ver y no lo voy a ver, ¡ Ojalá se lo coman los chimbolos en el infierno por haberme engañado!
Mi abuela cumplió su promesa, nunca volvió a ver a su marido… ni muerto.