“¡¿Un chucho?!”, preguntó asombrada la Bertila. “¡Sí!”, contestó la Candona”. “¿Y cuál chucho?”, prosiguió la niña. Al verse acorralada, la Candona le respondió: “el chucho del Portillo”. Desde ese día y, por los próximos seis años, se vería a la niña hablándole al perro de la hacienda El Portillo, llamándole papá, jugando con él, llorando junto a él. Si ocurría cualquier problema o alegría, la niña corría rápidamente a la puerta de la hacienda a compartirlo con su padre, “el chucho”.
Solo fue hasta que cumplió los catorce años que se enteró de que ella había sido producto de una violación, que su madre —desafiando al abuelo y a todo el pueblo— se había negado a casarse con el General Ibarra, que se había quitado el apellido del padre por la incomprensión de éste, y que desde entonces el excesivo cuido hacia ella y las demás mujeres de la familia había desembocado en la tiranía femenina, por lo cual eran conocidas y temidas todas las Guerra en el pueblo.
La Candona era parte de la familia Sermeño, que era bien respetada en San Lorenzo y en todo Ahuachapán. Don Servelio, su padre, hombre alto, moreno, fuerte y rígido, se vanagloriaba de haber criado a sus dos hijas con rigor.
Él gritaba a todo pulmón: “¡mis hijas no necesitan a ningún hijueputa!, ¡se van a llevar una buena dote para vivir bien y no mendigarle nada a nadie!”. Eso decía Don Serve mientras soñaba con entregarlas frente al altar, de blanco, entre lágrimas, y bajo la mirada envidiosa de todas las jóvenes casamenteras del pueblo.
Las Cándidas —nombre que les puso Don Serve a sus hijas, en honor a Doña María Cándida, su madre— eran excepcionalmente bellas. Para diferenciarlas, en el pueblo llamaban a la grande, Candona, y a la pequeña, Candita. Pero eran más conocidas como “las caras de Virgen” debido a la confusión que habían ocasionado en Cheno, el bolo del pueblo, quien al verlas un día juró que había visto una doble virgen. Desde entonces solo les decían; “Las caras de virgen”.
El día de la desgracia, la Candona había ido al río a bañarse sola, pues la Candita había amanecido con un dolor de barriga producido por una cochinita con bastante pimienta que se había comido en la cena. La Candita se quedó en casa tomando agua de hierbabuena y poniéndose emplastos de sábila para sacar el aire y el pecado de la gula.
“Le juro, mamá, que no vuelvo a comer tanto”, decía la niña cada vez que le pasaba lo mismo a causa de las grandes hartadas que se daba. Sin embargo, a la menor oportunidad, desembocaba en la comida como chucho de playa, y con ojos suplicantes pedía más comida.
La madre, que la conocía muy bien, se reía y pensaba: “esta piensa que le voy a creer, si ya sé que tengo una hija hartona”. Y le decía: “ojalá te casés con un hartón como vos porque si no vas a sufrir, hija; yo porque soy tu nana te consiento, pero a la mayoría de hombres no les gustan las mujeres chuchas… ¡controlá esa gula, muchachita!”.
Doña Domitila Guerra, madre de las Cándidas, era una mujer plácida y serena, que a fuerza de paciencia había dominado el carácter de Don Servelio. Todo el pueblo la amaba. Era caritativa, honrada, rezadora y una excelente cocinera. Pero el día de lo sucedido hasta ella perdió el brillo, hasta ella se volvió una mujer gris y amargada al ver lo que le pasó a su hija.
La Candona amaneció ese día más contenta que de costumbre. La noche anterior había visto en el baile a Abraham Cárcamo, con quien había quedado de fugarse unos días después… Ya consumado el hecho, Don Servelio no tendría más camino que aceptarlo como yerno; sobre todo, se vería obligado a darles la dote que correspondía a ella por derecho.
Así que ella amaneció cantando, y soñando cómo sería ser la mujer de Abraham, cómo sería amanecer en sus brazos fuertes y musculosos, cómo sería ser amada por él. Sin darse cuenta, se encaminó feliz al río y, mientras iba rumiando la felicidad no se fijó que la seguía el General Ibarra.
Emigdio Ibarra era un militar que provenía de una familia de terratenientes que tenían fama de ser pistoleros y violadores. Mujer que querían, mujer que se llevaban. Si el amor era mucho luego se casaban con ella; si no, le regalaban un solar “para tapar el hoyo abierto”, según decían.
Emigdio era fuerte, moreno, bien parecido aunque muy pequeño para ser hombre: escasamente medía el metro y medio. Y a sus espaldas era víctima de los apodos más diversos: “tapón”, “enano”, “contraelsuelo”, “duende”… “tachuela”.
Él se hacía como quien no sabía nada pero le dolían las burlas. Había embarazado a medio centenar de mujeres en San Lorenzo y todas se mostraban agradecidas por el solar que les había regalado y soñaban con que finalmente las eligiera para casarse. Con todo y lo enano que podía ser seguía siendo un buen partido.
La única a la que ni por las buenas ni por las malas se había podido llevar era la Candona pues ésta, además de los oficios propios de su género, había aprendido a disparar, a montar al galope y a cazar toros, igual que su hermana. Entre las dos se defendían bien de los pistoleros y violadores; siempre les salían adelante y los dejaban burlados.
La joven decía: “¡no entiendo qué le ven a ese viejo contraelsuelo!, ¡no sé cómo puede gustarles ese uniforme de militar!, ¡quizás el tufo a pata chuca de los militares es lo que les gusta! Y entre las muchachas de más confianza se atrevía a decir: “¡ni paloma ha de tener!”.
Él se moría de cólera cuando le contaban lo que la Candona decía, pero se había encaprichado con ella. Había intentado de todo: la cortejaba con flores; le llevaba serenata; había hablado con Don Servelio, quien estaba contento con el posible marido… luego la amenazó, había intentado llevársela a la fuerza pero no la podía dominar. Ella era muy alta para él y mucho más fuerte. Hizo de todo pero no pudo convencerla de que le diera una oportunidad.
Ese día la Candona no se fijó que él y Loncho —conocido cómplice de fechorías del General Ibarra ̶ la seguían. Ella iba ensimismada, recordando lo que había sentido cuando abrazó a Abraham: su olor a hombre limpio, a sudor revuelto con agua florida. Y sus brazos, ¡qué brazos! Recordaba lo bien que se sentía ella cuando él la abrazaba con fuerza; sentía que la protegía y la dominaba y, aunque ella se resistía un poco, le gustaba y lo disfrutaba.
Apenas llegó al río empezó a bañarse, despreocupada, feliz. De repente, sintió que alguien la agarraba por detrás, pero alcanzó a zafarse del General. Entonces apareció Loncho, que era alto y fornido, acostumbrado a dominar ganado; la agarro y le amarro rápidamente las manos y los pies, como se hace con las reces para que no se muevan... Entre los dos la llevaron a la parte más oscura del río y allí, mientras Loncho vigilaba que nadie viniera, el General Ibarra por fin pudo hacer suya a La Candona. Allí la tuvo dos días completos, a su disposición, galopando en ella cuanto quiso y al final de los dos días le había jurado que él la quería bien, que iría a hablar con Don Servelio para poner la fecha de la boda y agregó: “cuando pueda, pase por mi casa para que mi mamá y mis hermanas le ayuden a preparar la boda”. Ella calló.
Continuará la otra semana…