viernes, 15 de abril de 2011

La tía Isolina


Finalmente, resignado ante las ofensas y desplantes de la Candona, el general Ibarra logró encontrar, en Atiquizaya, una muchacha con la mayoría de cualidades que él buscaba en una esposa: hablaba cuando él le indicaba, le servía, le recogía los platos, le aceptaba las infidelidades… todo por llevar el apellido Ibarra y tener posibilidades económicas para criar, sin apuro alguno,  a sus cuatro varones y a su hija, Isolina.

Isolina se había criado en los mejores colegios, había aprendido a ser “una mujer de su casa”: tejía, cocinaba y tocaba la guitarra, con la cual se acompañaba para cantar en cualquier fiesta, celebración donde se lo solicitaran. Había cobrado fama por su voz. “Canta como los ángeles”, decía la gente. Isolina era la hija preferida del general, la única mujer por quien el general se doblegaba. Iba donde quería, hacía lo que le venía en gana, todo lo que hacía era motivo de satisfacción y alegría para Emigdio Ibarra.  Nadie la contradecía, empezando por su madre, quien había aprendido también a cumplir al pie de la letra con la voluntad de su hija.

Nunca Isolina se imaginó cómo el amor cambiaría su vida, jamás pensó que la buena vida terminaría,  ni que ella acabaría sus días loca, pidiendo comida en las calles de Ahuachapán y Atiquizaya, repudiada por su familia, viviendo sólo del recuerdo de “la niña de familia” que había sido, criando un hijo en la mendicidad, viviendo por el resto de su vida con el estigma de la traición, y con la culpa de la enfermedad que los hechos causaron al general, a quien más amaba en la vida.

Cuando Isolina nació, el general ya estaba a punto de dejar a Doña Angelita,  su esposa, pues le echaba la culpa de que no había sido capaz de darle una hija… que era tan inútil que sólo varones paría. Hasta ese momento, el general había engendrado una sola niña: la Bertila, hija que no había podido tratar por la negativa de la Candona. Él veía de lejos a la Bertila, la contemplaba y añoraba ser parte de su vida. Con la ayuda de la dueña del almacén del pueblo le enviaba vestidos, juguetes y otras cosas, obsequios que más tardaban en salir del almacén que en ser devueltos, rechazados por la Candona. Agripina, la dueña  del almacén le decía:

  Déjeme hacerle este regalo a la niña, mire que se verá bien.
Pero la Candona, que intuía de donde venía el regalo le contestaba:
  No, si usted no tiene por qué regalarle nada a la niña. Y si se lo han mandado, con más razón; dígale a ese viejo que se meta los regalos en el culo, tal vez le caben.

El general nunca imaginó que la niña, nacida de la violación a la Candona, le ocasionaría sentimientos inexplicables: experimentó por primera vez un amor que no conocía. Pero ante la negativa de la Candona de que se acercara a  la niña, él   añoraba tener otra hija con su esposa. Doña Angelita sufría por que, con cada embarazo, soñaba que saliera una niña, pero con el anuncio de que el recién nacido era varón rompía en llanto, un largo llanto que le duraba casi los cuarenta días de la dieta. Vivía culpándose de que no podía darle al general la tan anhelada hija, y vivía con los celos a flor de piel por el fantasma acechante de la Candona.

Nunca había entendido cómo esa “macha” había vuelto loco a su marido, y entendía mucho menos cómo él, siendo como era, había permitido  tanta humillación al rogarla y rogarla para que se casara con él.

Como le recordaba lo inútil que era para parir una niña, tal como se lo echaba en cara el general, doña Angelita no podía ni ver a la Bertila. Los primeros años no fueron problema porque, como la Bertila creía que su papá era el chucho del Portillo, ella no visitaba al general. Pero al cumplir los catorce años supo la verdad, y desde entonces padre e hija se habían acercado tanto que Doña Angelita sufría pensando que, por causa de la niña, él podía buscar de nuevo a la Candona. Por eso, cuando de su quinto embarazo nació Isolina, Doña Angelina sintió que al fin la vida le regresaba.

Todos vivían para la niña: la mamá se levantaba varias veces por la noche a comprobar que todo estuviera bien, la bañaban con agua de rosas preparada especialmente para ella, le mandaban a traer toda su ropa a San Salvador…

Por su parte, con el nacimiento de Isolina, el general dejó del lado a la Bertila, y también la relación que habían empezado a construir con ella. Fue tanto así que después sólo le dejaba dinero con la servidumbre, para dárselo a la Bertila si se aparecía.

Cuando la Candona lo supo, agarró a la niña y el dinero; se apareció en la casa del general y le dijo:

  ¡Aquí está su pisto mierda! ¡Yo le dije que no necesitaba nada de usted!
Dirigiéndose a la niña, le dijo:
  ¡Y a vos!, ¿no te dije que tu tata era un chucho?!Ya lo ves! ¡Así es!
Y le dijo al general:

  Ojalá esa niña payula que acaba de tener le haga pagar lo que ha hecho sufrir a esta cipota. Allí va a pagar todas las que ha hecho. Porque así es la vida: aquél que más amamos es quien nos traiciona. ¡Así que hasta aquí llegó esto!

La Candona dio la vuelta y salió muy dignamente de la hacienda con su hija. En el paso encontró a Doña Angelita, que iba a reclamarle de por qué estaba allí; pero, al verla, la Candona le dijo:

  ¡Y usted, vieja pendeja, déjeme pasar, y no me diga nada, que es la última vez que verá aquí a mi hija!— Les repito— ¡su hija será su maldición”!

Y así fue. Isolina fue artífice de la mayor traición que le hubieran hecho al general. Él no lo vio venir. Jamás pensó que el traidor que buscaba entre las filas de su ejército estaba en su propia casa, y que las pruebas de la traición siempre estuvieron a la vista de todos, en la sala principal, en la caja de madera que él mismo le había regalado a Isolina.

Jorge e Isolina se conocieron en una reunión que el Padre Cerritos había hecho con el fin de presentar, a las familias más prestigiosas, la nueva imagen de la Virgen traída desde España.

Jorge era un hombre vivaz, ambicioso y con deseos de incursionar en la política del país. Por ello, había apoyado al partido laborista y se había hecho fiel seguidor de Arturo Araujo.

Cuando este último ganó las elecciones de 1931, Jorge –que además compartía algunas ideas que promulgaba el recién fundado Partido Comunista Salvadoreño– disfrutó hasta el amanecer con algunas familias de San Lorenzo. Isolina lo veía a escondidas de su padre, pues el general era más bien de la línea dura de los militares. Desde que Araujo ascendió al poder, un grupo de militares había estado descontento por  las  reformas que anunciaba: repartir tierras del Estado y de los latifundistas, aumentar los salarios, rebajar las jornadas de trabajo. Finalmente, ninguna promesa se cumplió; pero eso no impidió que algunos militares, incluido Emigdio Ibarra, hicieran lo que fuera necesario para impedir que tales promesas llegaran a cumplirse.

Cuando los dirigentes del Partido Comunista vieron la oportunidad de obtener, por medio de Isolina, detalles sobre los movimientos de los militares, no dudaron en pedir a Jorge que la enamorara, y que la convenciera de que pasara toda la información necesaria para beneficiar el proyecto comunista en El Salvador. Después de todo, “el fin siempre justifica los medios”, decían.

Isolina tenía una caja de madera que su padre le había comprado en una tienda de antigüedades durante un viaje que él había hecho a Suiza. Según rezaba la licencia de producción, la caja había sido hecha a mano en 1825. Para todos era común ver la caja de Isolina en la sala principal de la casa. Ahí guardaba ella todo lo que era importante: fotos de su papá, cartas de amor de novios pasados… Y  todos tenían prohibido abrirla. A la par de la caja permanecía la llave, pero solamente Isolina la podía abrir.

El general no se explicaba cómo no podían encontrar in fraganti a los revoltosos comunistas en sus reuniones. Cada vez que los militares tenían buena información, los reunidos se adelantaban y se escapaban a tiempo, así que nunca podían agarrarlos. Tampoco entendía el general cómo cualquier pequeño intento de golpe de Estado caía en saco roto porque, antes de concretarlo, Araujo y sus más fieles seguidores ya sabían al respecto y lo impedían.

Tantos fracasos tuvo el general que concluyó que, dentro de propias sus filas de subalternos, existía un traidor. Puso señuelos, tentó a varios con dinero para que delataran a sus compañeros, fingía reuniones donde estaban unos pocos para ir delimitando dónde podía estar el traidor… pero no lograba dar con nadie. Ya los miembros de su grupo más cercano lo veían mal porque pensaban que él mismo era el traidor, y que más bien estaba fingiendo buscar a otro. Emigidio Ibarra intentó de todo, y no pudo encontrar al traidor hasta el día en que su compadre, el general Eusebio López, llegó con cara de congoja a contarle lo que había sabido gracias a un infiltrado que tenían en el Partido Comunista.

  ¡Usted está loco!— gritó el general— ¿De dónde sacan que Isolina es quien pasa la información tanto a los aliados de Araujo como al Partido Comunista?

  ¡Esta niña ni sale de aquí!— vociferó Emigdio.
  Pero ella es— le dijo su compadre con miedo de que, por la cólera, el general Ibarra fuera a dispararle en plena sala.
  No, ustedes están locos… ¡Eso no es posible!— concluyó, y lo echo de la casa.

El general pensó: “quizás la han engañado”… Y le preguntó directamente; ella lo negó y le dijo que no entendía nada de política y que no conocía a nadie que él no conociera. Él se tranquilizó, pero la hizo seguir durante dos meses. Y aunque comprobó que conocía a Jorge, no tenía ni una prueba de que fuera ella quien pasaba la información al enemigo.

Ese día, el general estaba con Doña Angelita en la sala, y apareció Isolina dispuesta a ir a tomar un baño: se quitó los aritos, la esclava y la cadena que le habían regalado para sus quince años; abrió la caja y guardó sus prendas, como hacía todos los días; besó a su papá y se fue al baño. Cuando el general vio que guardó las joyas en la cajita, ¡ató cabos!... Sólo esperó que ella se fuera a bañar para abrir la caja y comprobar, con su corazón, lo que sus ojos no podían creer. La caja de Isolina estaba llena de cartas en donde ella contaba a Jorge todos los movimientos de su padre, de los aliados del general; las conversaciones del general con otros militares; los planes para atrapar a los dirigentes del Partido comunista; todo, todo estaba allí, a la vista de todos.

¡Emigdio se deshacía de la cólera! Y la primera a quien golpeó fue a Doña Angelita: la culpó de que ella no había criado bien a Isolina. Doña Angelita no entendía lo que estaba pasando
Luego, el general subió al cuarto de Isolina, quien se estaba bañando tranquilamente. Él entró de un solo, abrió la cortina del baño, ella se tapó como pudo y gritó: “¡Papá! ¿Qué le pasa?”.  Y él exclamó: “¡Que qué me pasa hijeputa! ¡Qué qué me pasa, me preguntas!”… ¡Me pasa que ya te descubrí, ya sé que sos dama de ese tal Jorge, y que eras vos la que le pasaba toda la información a ese desgraciado”. Ella palideció y alcanzó a decir: “¡¡papá, perdóneme!!”.

Él ya no le contestó, la agarró del pelo y como estaba, desnuda, la sacó de la casa frente a todos los vecinos, que no esperaban ver algo así. Doña Angelita alcanzó a tirarle por la ventana un vestido y unos zapatos.

El general le grito: “!desde este día no sos más mi hija!, ¡te maldigo porque sos lo que más he amado y me traicionaste!, ¡todo te hubiera perdonado menos la traición!” Luego le aventó la caja con todo su contenido, y prohibió a Doña Angelita y a sus hijos varones que ayudaran a Isolina, que no debían ni hablarle, que si él llegaba a saber que uno de ellos desobedecía, entonces correría con la misma suerte de Isolina. Nadie nunca se atrevió a contradecir sus palabras.

Por su parte, Isolina fue a buscar a Jorge, quien ya se había enterado de lo sucedido… y, antes de que ella llegara, ya había emprendido viaje a Guatemala, por el temor de que el general llegara y lo matara.

Nadie pudo ayudar a Isolina. Enloqueció de pena y vergüenza. Pocos meses después parió un varón donde Doña Agripina, quien, además de ser la dueña del almacén del pueblo, era una comadrona conocida. La ayudó por caridad humana, pero no pudo hacer que Isolina le dejara cuidar al niño. Entonces, Jorgito se crió en las calles de Atiquizaya y Ahuachapán junto a su mamá, loca; vivían de lo que la gente les regalaba. El niño comía bien pero ella siempre veía gusanos en toda la comida que le daban. Así, hasta el fin de sus días, Isolina vivió en la mendicidad, y con la vergüenza de la traición hacia su padre.

El general vivió muchos años más y, aunque no se olvidó de Isolina, jamás la perdonó. Cuando él murió, todos creyeron que ella regresaría a la casa, aun loca. Pero el general dejó explícitamente escrito su testamento que, para poder gozar de sus bienes, sus herederos debían cumplir la promesa de nunca ayudar ni Isolina ni a Jorgito.

A la Bertila, su primera hija, el general le dejó una parte de la herencia de los Ibarra, pero sus medio hermanos, hijos también del general se la gastaron en burdeles, pistolas, chupas y peleas de gallo. Todo lo perdieron.  Años después  esos medio hermanos volvieron a buscar a la Bertila pero para pedirle ayuda  y ella se las dio, aunque limitadamente pues tenía dos hijas que criar.

Doña Angelita, aun después de muerto el general y sin un solo quinto partido por mitad, no fue capaz de desobedecerlo y jamás ayudó a su hija. Cuando Isolina fue recluida en un sanatorio psiquiátrico del Estado,  fue incapaz de ir a verla a pesar de vivir con la pena de tener una hija loca y mendiga.  El niño fue dado en adopción y nunca se supo su paradero.  Isolina murió y fue enterrada como desconocida en una fosa común.

Dicen que la Bertila repetía en voz baja: “yo se lo dije a ese viejo hijueputa… que esa payula iba a ser su perdición”. Y así fue.









viernes, 11 de marzo de 2011

EL CHUCHO DEL PORTILLO II


Ella calló, se vistió despacio como pudo. No le contestó nada a Emigdio pero empezó a pensar qué iba a hacer. Su papá la había andado buscando, pero se tranquilizó al oír los rumores de que el General Ibarra se la había llevado. “¡Cuando el río suena es porque piedras lleva!”, dijo Don Servelio.  De seguro está con él. 


Cuando Don Servelio vio venir a la Candona –toda sucia, golpeada y morada debido a las ataduras de las manos y los pies– dudó un momento de que Emigdio sería un buen esposo, Pero después pensó: “no, debe ser solo un pleito pasajero”.

Todo el pueblo ya sabía lo que había pasado. Emigdio, feliz, había andado repartiendo tragos, dinero y sonrisas; contando  con lujo de detalles cómo había podido, por fin, dominar a la Candona. Para confirmar su bondad le aseguró al pueblo entero  que, en un par de meses, se casaría con la Candona, para honrarla.  Habló con Don Carlos Ibarra, su papá para que le heredara las dos caballerías de tierra que le tocaban, las reses respectivas y los solares de las mujeres que había preñado ya que, aunque tenía pensado casarse con la Candona, las otras mujeres le podrían servir para un rato de aburrimiento. 

Emigdio y Don Carlos Ibarra quedaron de acuerdo en que al sábado siguiente debían ir a pedir la mano de La Candona, así que el pueblo entero empezó a disfrutar la boda del mejor partido de San Lorenzo con la mujer más esquiva y bella del pueblo.

En la casa de los Sermeño, Doña Domitila y Don Servelio estaban felices pues al fin casarían a una de sus hijas, y nada mejor que con Emigdio Ibarra. Don Serve ya se veía el día de la boda entregando a su hija. La Candona fue entonces la envidia de las jóvenes de San Lorenzo, el orgullo de sus padres y el trofeo del General Ibarra.

Todos estaban tan contentos con la boda que nadie percibió que La Candona,  por el contrario, estaba retraída, triste, y ausente de todo lo que el pueblo hablaba de ella, de Emigdio y del gran evento.

El sábado, día en que los Ibarra iban a pedir la mano de la niña, los Sermeño habían amanecido preparando todo: mataron varios cuches, llevaron a los mejores músicos de Atiquizaya, e invitaron a todo el pueblo para atestiguar el enlace matrimonial.

Ese día la Candona había quedado de verse con Abraham Cárcamo: un poco para contarle cómo se sentía, otro poco para continuar con el plan que tenían de fugarse.

Ella lo vio venir a lo lejos, recordó su olor y la sensación de protección que ella sentía cuando él la abrazaba. Hasta entonces pudo llorar. Le contó con detalles cómo el General Ibarra y Loncho la habían emboscado y atado como res, para inmovilizarla; le contó que la cogió sin piedad, sin delicadeza, ciego del deseo y la rabia que sentía por las burlas que ella provocaba sobre él en el pueblo. “¡Me dominó como quiso!”, le dijo… “¡Puta, qué jodida le dio!”, pensó Abraham. Ella terminó su relato contándole que el General le había dicho que él la quería bien, que le perdonaba las burlas y que, como muestra de su amor, se casaría con ella en dos meses.

Abraham la abrazó por largo rato, le acarició los cabellos y le besó la frente con delicadeza y comprensión. Luego se safó poco a poco y le dijo que él sentía rabia por lo que le había sucedido, impotencia y culpa por no haber sido capaz de cuidarla más. Pero también le aclaró que él no podría cumplir su palabra, que no era posible seguir con su relación porque él no iba a casarse con una mujer que no fuera virgen, y menos tomando en cuenta lo que todo el pueblo sabía. “El General ya decidió casarse con usted; y ante eso, no tengo más opción que alejarme”, le dijo.

“¡Pero, yo no lo quiero a él sino a usted!”, respondió la Candona. Y Abraham replico: “¡Sí!, pero yo no puedo quitar de mi mente las imágenes de él con usted… ¡no puedo! Si quiere podemos seguirnos viendo cuando se case, pero en Atiquizaya o en Chalchuapa para que nadie nos vea”.

Entonces la Candona fue atrapada por la ira y empezó a insultarlo. “¡Culero!”, le dijo. “¿Cómo pude pensar que usted me iba a responder bien? Si usted vive bajo las naguas de su nana y ya se sabe que usted hace lo que su tata le dice”.  Y continuó: “bueno, entonces no hay más qué hablar”.

Abraham la detuvo y le dijo: “¡cásese con el General, Candona!; no le va a faltar nada, tendrá más tierra, sus hijos tendrán el apellido Ibarra y usted se va a casar con el mejor partido del pueblo, ¡¿qué más quiere?!”.

Ella lo vio pero ya no encontró al hombre del que horas antes estaba enamorada. Vio solamente a otro General Ibarra, pero más cobarde. Entonces ya no habló más y emprendió su camino a la fiesta de “su pedida de mano”.

Llegó tarde porque se había ido a pie, desde El Portillo. Ya todos estaban alarmados buscándola. Ella saludó y se fue a su cuarto, luego llegó la Candita y su mamá para ayudarle a vestirse para la fiesta. Se baño, se perfumó, se puso el vestido que le habían mandado a comprar a San Salvador,… y cuando apareció en la fiesta, todos confirmaron que el General Ibarra tenía razón de haberla elegido para su esposa. Era una mujer bella.

Se sentó a la par del General, como correspondía, y Don Carlos empezó a hablar: “pues bien, Don Serve, ya ve estos muchachos… ¡nos la jugaron! Estaban enamorados y nadie sabía. Y aquí nos tiene, respondiendo honestamente por nuestras faltas. Emigdio me ha dicho que se llevó a la Candona, pero que quiere honrarla y venimos aquí a pedir su mano para que se casen en dos meses”.

“¡Como no!, Don Carlos, ya sabe”, contestó Don Serve. Y agregó: “le concedo la mano de mi hija pues sé que el General sabrá honrarla, quererla y respetarla como Dios manda. Me parece que la boda sea en dos meses. Así nos da tiempo de traer todo de San Salvador para los preparativos”. Las respectivas madres también estuvieron de acuerdo.

Fue entonces que se paró la Candona y dijo:
– ¡Y a ustedes, ¿quién les dijo que yo me voy a casar?!
– ¡Calmate, hija!, dijo Doña Domitila.
– ¡Nada de calmate, mamá! ¡Yo, con este viejo hijueputa, no me caso! A ver… ¿ustedes ven ese palo de mango que está allí?
Todos se sorprendieron y no contestaron. Ella insistió:
– ¡¿Lo ven o no lo ven?!
– ¡Sí!– contestaron todos, desconcertados.
–¡Pues prefiero “horcarme” en ese palo que casarme con este viejo pistolero, hijueputa!.

Todo se calló de repente: las risas, la música, los murmullos. El General estaba rojo de ira y vergüenza. Don Serve, tratando de imponer su autoridad, le dijo a la Candona:
– Pues usted se casa porque ningún Sermeño falta a su palabra, y yo ya le di la mía a Don Carlos.

– Pues si le dio su palabra, cásese usted papá. Yo no. Y si el apellido es el problema, el remedio está en la mano: de aquí en adelante ya no seré Sermeño, seré Guerra.

Allí Don Serve cayó redondito. Quince días después murió por la apoplejía que le causó un coagulo en el cerebro, pero todo el pueblo dijo que fue por la Candona.

Ella no se echó para atrás. Ni se casó con Ibarra ni volvió a usar el apellido Sermeño. Además, mantenía escondido un lazo, por si a sus tíos se les ocurría querer obligarla otra vez a casarse con Emigdio. El General Ibarra agarró una zumba de un mes mientras le duraba la vergüenza. Doña Domitila perdió el brillo pero apoyó a su hija, aprendió a vivir con la vergüenza de tener una hija  “rota”, una nieta producto de la violación del General, y de oír a la Candona contestar a quien le preguntara que el padre de su hija era un chucho.

A la niña le llamaron Bertila Guerra. Y las tres mujeres –madre, tía y abuela– la  amaron y cuidaron hasta el extremo de sofocarla y provocar en ella –mi bisabuela ̶  otra rebelión femenina muchos años después.



lunes, 28 de febrero de 2011

La niña Lolita

Mamá Lola —a quien así llamábamos por la prohibición, con amenaza de sopapo, de decirle “abuela”— era una mujer francamente bonita: de mediana estatura; morena; con ojos grandes, cafés y expresivos; un bozo del cual estaba muy orgullosa; y una boca roja, roja, que le acarreó el mote de “labios con chile”, de su primer  marido. Ella, aparte de guapa, era una mujer muy lista.

Tenía la precisión de la respuesta en la punta de la lengua, sobre todo si de pleitos se trataba; además, poseía una habilidad única para poner apodos: “¡nariz de sentadero de bicicleta!, ¡ojos de mosquito comiendo sancocho!, ¡patas de pichiche!…” son sólo algunos de los muchos apodos que le oí mientras viví con ella. Pero, sobre todo,  era una fabulosa contadora de historias, especialmente si de su propia vida se trataba

Cada tarde, mis dos hermanas y yo, junto a Mamá Lola, calentábamos agua en una ollita  y tomábamos café, como ritual para prepararnos a escuchar las historias de su vida. A veces, le escuchábamos las mismas narraciones, pero contadas cada vez de manera distinta: agregaba personajes, reinventaba diálogos, cambiaba matices; pero en todas, ella siempre ganaba.

Como todo buen líder, mi abuela era controversial. Para muchos encarnaba la santidad: “no, la niña Lolita sí tiene un corazón de oro”, “Dios la cuida porque es buena gente”, “Dios la ha bendecido con estos niños tan buenos”.   Para otros, por el contrario, era la casi perfección de Satanás en femenino: “a esa vieja no le importa que nos vayamos a vivir al basurero”, “dicen que es bruja y, ‘asegún’ como vive, yo creo que sí es; parece que tiene pacto con el diablo porque no le importa hacerle mal a cualquiera”.

Nació  en San Lorenzo, un pueblito del corazón de América, donde aparentemente nada pasaba, descendiente de una familia gobernada por mujeres… tan opresivas y tiránicas que no necesitaban macho alguno, pues ellas eran lo suficientemente déspotas como para hacer sufrir a los suyos, sobre todo a las mujeres. 

Muchas de las féminas de su familia se habían casado más que por amor, por una necesidad mayor de salir de la opresión de la madre, de la abuela, o de ambas. Todas, antes de la primera hija de su hijo varón, habían despachado a los maridos y reproducido el ciclo de la tiranía con sus hijos e hijas. 

Tiránica, buena, mala o simplemente un poco de todo, Mamá Lola me dio las lecciones más importantes de mi vida: la importancia de la autonomía económica de las mujeres, el orgullo de un apellido sin abolengo, la capacidad de empezar siempre de nuevo, el riesgo de aventurarse a lo desconocido pero siempre segura de que algo bueno vendría. Me heredó también el sentido de ubicación el la vida, tan necesario para sobrevivir  dignamente en cualquier sitio de este mundo.

Vino al mundo durante la  primera guerra mundial y murió tres años antes de que terminara la guerra civil salvadoreña.  Su muerte sucedió veintidós días después de que mataran a los Jesuitas, un poco debido a la orfandad en la que se sintió  sin ellos, un poco por el susto que le dio la ofensiva del 89 y, más que todo, a causa de un enfisema pulmonar desarrollado por el humo que tragó año tras año mientras hacía tablillas de chocolate para vender. Esta es su historia, la de su familia  y un poco la mía también.

EL CHUCHO DEL PORTILLO

La niña había crecido con la atención de todas en la familia: la madre, la abuela,  la tía y las primas mayores. Cuando cumplió ocho años empezó a preguntar quién era su papá. Al principio nadie contestaba, todas evadían el tema, le hacían bromas, hablaban de otra cosa… Ante la insistencia de la muchachita, la madre  le dijo, sin pensarlo, que su papá era un chucho.

 “¡¿Un chucho?!”, preguntó asombrada la Bertila. “¡Sí!”, contestó la Candona”. “¿Y cuál chucho?”,  prosi­guió la niña. Al verse acorralada, la Candona le respondió: “el chucho del Portillo”. Desde ese día y, por los próximos seis años, se vería a la niña hablándole al perro de la hacienda El Portillo, llamándole papá, jugando con él, llorando junto a él. Si ocurría cualquier problema o alegría, la niña corría rápidamente a la puerta de la hacienda a compartirlo con su padre, “el chucho”.

Solo fue hasta que cumplió los catorce años que se enteró de que ella había sido producto de una violación, que su madre —desafiando al abuelo y a  todo el pueblo— se había negado a casarse con el General Ibarra, que se había quitado el apellido del padre por la incomprensión de éste, y que desde entonces el excesivo cuido hacia ella y las demás mujeres de la familia había desembocado en la tiranía femenina, por lo cual eran conocidas y temidas todas las Guerra en el pueblo.

La Candona era parte de la familia Sermeño, que era bien respetada en San Lorenzo y en todo Ahuachapán.  Don Servelio, su padre, hombre alto, moreno, fuerte y rígido, se vanagloriaba de haber criado a sus dos hijas con rigor.

Él gritaba a todo pulmón: “¡mis hijas no necesitan a ningún hijueputa!, ¡se van a llevar una buena dote para vivir bien y no mendigarle nada a nadie!”. Eso decía Don Serve mientras soñaba con entregarlas frente al altar, de blanco, entre lágrimas, y bajo la mirada envidiosa de todas las jóvenes casamenteras del pueblo.

Las Cándidas —nombre que les puso Don Serve a sus hijas, en honor a Doña María Cándida, su madre— eran excepcionalmente bellas. Para diferenciarlas, en el pueblo llamaban a la grande, Can­dona, y a la pequeña, Candita. Pero eran más  conocidas como “las caras de Virgen” debido a la confusión que habían ocasionado en Cheno, el bolo del pueblo, quien al verlas un día juró que había visto una doble virgen. Desde entonces solo les decían; “Las caras de virgen”.

El día de la desgracia, la Candona había ido al río a bañarse sola, pues la Candita había amanecido con un dolor de barriga producido por una cochinita con bastante pimienta que se había comido en la cena. La Candita se quedó en casa tomando agua de hierbabuena y poniéndose emplastos de sábila para sacar el aire y el pecado de la gula.

“Le juro, mamá, que no vuelvo a comer tanto”, decía la niña cada vez que le pasaba lo mismo a causa de las grandes hartadas que se daba. Sin embargo, a la menor oportunidad, desembocaba en la comida como chucho de playa, y con ojos suplicantes pedía más comida.

La madre, que la conocía muy bien, se reía y pensaba: “esta piensa que le voy a creer, si ya sé que tengo una hija hartona”. Y le decía: “ojalá te casés con un hartón como vos porque si no vas a sufrir, hija; yo porque soy tu nana te consiento, pero a la mayoría de hombres no les gustan las mujeres chuchas… ¡controlá esa gula, muchachita!”.

Doña Domitila Guerra, madre de las Cándidas, era una  mujer plácida y serena, que a fuerza de paciencia había dominado el carácter de Don Servelio. Todo el pueblo la amaba. Era caritativa, honrada, reza­dora y una excelente cocinera. Pero el día de lo sucedido hasta ella perdió el brillo, hasta ella se volvió una mujer gris y amargada al ver lo que le pasó a su hija.

La Candona amaneció ese día más contenta que de costumbre. La noche anterior había visto en el baile a Abraham Cárcamo, con quien había quedado de fugarse unos días después…  Ya consu­mado el hecho, Don Servelio no tendría más camino que aceptarlo como yerno; sobre todo, se vería obligado a darles la dote que correspondía a ella por derecho.

Así que ella amaneció cantando, y soñando cómo sería ser la mujer de Abraham, cómo sería ama­necer en sus brazos fuertes y musculosos, cómo sería ser amada por él. Sin darse cuenta, se en­caminó feliz al río y, mientras iba rumiando la felicidad no se fijó que la seguía el General Ibarra.

Emigdio Ibarra era un militar que provenía de una familia de terratenientes que tenían fama de ser pistoleros y violadores. Mujer que querían, mujer que se llevaban.  Si el amor era mucho luego se casaban con ella; si no, le regalaban un solar “para tapar el hoyo abierto”, según decían. 

Emigdio era fuerte, moreno, bien parecido aunque muy pequeño para ser hombre: escasamente medía el metro y medio. Y a sus espaldas era víctima de los apodos más diversos: “tapón”, “enano”, “contraelsuelo”, “duende”… “tachuela”.

Él se hacía como quien no sabía nada pero le dolían las burlas. Había embarazado a medio cente­nar de mujeres en San Lorenzo y todas se mostraban agradecidas por el solar que les había rega­lado y soñaban con que finalmente las eligiera para casarse. Con todo y lo enano que podía ser seguía siendo un buen partido.

La única a la que ni por las buenas ni por las malas se había podido llevar era la Candona pues ésta, además de los oficios propios de su género, había aprendido a disparar, a montar al galope y a cazar toros, igual que su hermana. Entre las dos se defendían bien de los pistoleros y  violadores; siempre les salían adelante y los dejaban burlados.

La joven decía: “¡no entiendo qué le ven a ese viejo contraelsuelo!, ¡no sé cómo puede gustarles ese uniforme de militar!, ¡quizás el tufo a pata chuca de los militares es lo que les gusta! Y entre las mu­chachas de más confianza se atrevía a decir: “¡ni paloma ha de tener!”.

Él se moría de cólera cuando le contaban lo que la Candona decía, pero se había encaprichado con ella.  Había intentado de todo: la cortejaba con flores; le llevaba serenata; había hablado con Don Servelio, quien estaba contento con el posible marido… luego la amenazó, había intentado llevársela a la fuerza pero no la podía dominar. Ella era muy alta para él y mucho más fuerte. Hizo de todo pero no pudo convencerla de que le diera una oportunidad.

Ese día la Candona no se fijó que él y Loncho —conocido cómplice de fechorías del General  Ibarra ̶  la seguían.  Ella iba ensimismada, recordando lo que había sentido cuando abrazó a Abraham: su olor a hombre limpio, a sudor revuelto con agua florida. Y sus brazos, ¡qué brazos!  Re­cordaba lo bien que se sentía ella cuando él la abrazaba con fuerza; sentía que la protegía y la do­minaba y, aunque ella se resistía un poco, le gustaba y lo disfrutaba.

Apenas llegó al río empezó a bañarse, despreocupada, feliz. De repente, sintió que alguien la agarraba por detrás, pero alcanzó a zafarse del General. Entonces apareció Loncho, que era alto y fornido, acostumbrado a dominar ganado; la agarro y le amarro rápidamente las manos y los pies, como se hace con las reces para que no se muevan... Entre los dos la llevaron a la parte más oscura del río y allí, mientras Loncho vigilaba que nadie viniera, el General Ibarra por fin pudo hacer suya a La Candona. Allí la tuvo dos días completos, a su disposición, galopando en ella cuanto quiso y al final de los dos días le había jurado que él la quería bien, que iría a hablar con Don Servelio para poner la fecha de la boda y agregó: “cuando pueda, pase por mi casa para que mi mamá y mis hermanas le ayuden a preparar la boda”. Ella calló.

Continuará la otra semana…

viernes, 11 de febrero de 2011

ROMPIENDO EL HECHIZO DE LA OLLA




Dolores era una mujer fuerte, pese a su constitución más bien flaca.  Tenía un cuerpo bien delineado, piernas largas y rollizas, caderas anchas y pelo crespo. 
Poseía en su rostro con  facciones morenas y finas heredadas de las tías Candita y Candona, “Las caras de virgen” como se les conocía en el pueblo.

Dolores odiaba su nombre.  Toda la gente del pueblo, incluyendo a su madre le decían: - Ese nombre es  de mala suerte para una mujer, las que tienen ese nombre sufren mucho en la vida… Ella pensaba que esas cosas eran supersticiones de viejas.  – Uno forja el destino- decía.  Y siguió creyéndolo años mas tarde al romper el hechizo de la olla.

Esa mañana se había levantado temprano, como de costumbre, pero algo había cambiado la mitad del rumbo de su vida el día anterior. La otra mitad cambiaría  algunas horas después, ese mismo día.

Estaba asaltada aún por el asombro, atrapada entre la vergüenza y el odio hacia Indalecio, su marido.  – cómo pudo hacerme eso! –pensaba Dolores.  ¿Por qué pasó 30 años vendiéndome la mentida de ser mi esposo, jurándome el amor de las películas y los cuentos? ¿Por qué esa desconocida mujer regresaba del pasado justamente hoy? ¿Por qué había venido desde Izalco a mostrarme la foto de su matrimonio con Indalecio 35 años antes y a echarme en cara que ella era la legítima esposa y yo no?

Desesperada, Dolores salió con su venta de chocolate.  Iba escarbando en el interior de su corazón con la pala de sus pensamientos.  Trataba de encontrar la medida justa del dolor pero no lo lograba.  Se revolvía entre los recuerdos: las noches juntos, las promesas hechas, las palabras secretas…

Aunque sabía que su amor por Indalecio hacía tiempo que se había esfumado, iba  absorta, saboreando el dolor de la noticia, preguntándose qué poder ajeno a ella le impedía dejarlo.  Iba tan ensimismada que no se percató de la presencia de Olivia, su vecina, quien  iba a contribuir sin saberlo a romper el hechizo.   Apenas un día antes, Dolores supo que su esposo era brujo, que era originario de Izalco, tierra llena de mitos y leyendas sobre brujos y maleficios. Por Olivia  se enteró que Indalecio la tenía “curada” para que no lo dejara.  Dolores explotó y regresó a su casa.  Iba dispuesta a todo.

Nunca se imaginó lo que sucedería en ese cuarto.  Entró sigilosamente, levantando un poco la puerta para que no rechinara el moho de las bisagras.  Estaba oscuro, con un olor penetrante a humedad causado por las constantes lluvias que habían caído las últimas semanas.  También olía a incienso y a cera de candela.

Momentáneamente vio a Indalecio y lo contempló por última vez con ternura.  Recorrió con la vista su cuerpo moreno, su espalda ancha, las nervaduras pronunciadas en sus brazos, sus piernas fuertes y su pelo lacio.  Agradeció que ese hombre tuviera un carácter apacible, manso, lento que daba la imagen de ser dueño del tiempo.

Dolores reaccionó al instante y no podía creer lo que veía. Indalecio se encontraba desnudo en medio de un círculo de candelas encendidas, con la piel embadurnada de cebo de animal y la cara pintada con signos extraños.  Al centro se encontraba la foto de Dolores atada a un listón rojo, mientras él viajaba a otro mundo, completamente en trance, comunicándose con los suyos, desafiando la materia y las leyes del tiempo.  Viajaba hasta sus orígenes pidiendo a los dioses mantener el hechizo para la mujer que amaba, mientras se lavaba los genitales en la olla, la misma que ocupaba Dolores para hace el chocolate y cocer la sopa del domingo.  De súbito, Dolores empezó a romper vasijas y canelas, maldiciendo a Indalecio. El brujo entonces regresó del viaje que iniciaba, quedándose mudo de asombro y de vergüenza; además, sabía que, interrumpiendo el rito corría el riesgo de perder definitivamente a Dolores.

Al ser arrebatada y arrojada por Dolores la olla –centro del rito-  rodó inclemente por el centro de la calle principal del barrio, donde las vecinas en cómplice cuchicheo miraban sorprendidas cómo se deshacía el hechizo.  La olla se rompió en pedazos, llevándose con ella también el corazón roto de Dolores, quien había constatado la certeza del hechizo y momentáneamente creyó en la maldición de su nombre.  Al romperse la olla se deshizo el hechizo que por más de 30 años había mantenido a Dolores atada a aquel hombre.

̶ Váyase de mi vida  No quiero volver a verlo mientras viva, ni muerto quiero volver a verlo-  le gritó Dolores.  Y así lo hizo.

Años más tarde, la alcaldía le envió 3 telegramas para que fuera a reconocer el cuerpo de su marido, muerto por el hambre y la mendicidad y la tristeza que da el desamor.  Dolores se arregló como nunca y se fue de paseo a la playa con un nuevo amor y repitió para ella sola:
  ̶  Juré que ni muerto lo iba a volver a ver y no lo voy a ver, ¡ Ojalá se lo coman los chimbolos en el infierno por haberme engañado!

Mi abuela cumplió su promesa,  nunca volvió a ver a su marido… ni muerto.