lunes, 28 de febrero de 2011

La niña Lolita

Mamá Lola —a quien así llamábamos por la prohibición, con amenaza de sopapo, de decirle “abuela”— era una mujer francamente bonita: de mediana estatura; morena; con ojos grandes, cafés y expresivos; un bozo del cual estaba muy orgullosa; y una boca roja, roja, que le acarreó el mote de “labios con chile”, de su primer  marido. Ella, aparte de guapa, era una mujer muy lista.

Tenía la precisión de la respuesta en la punta de la lengua, sobre todo si de pleitos se trataba; además, poseía una habilidad única para poner apodos: “¡nariz de sentadero de bicicleta!, ¡ojos de mosquito comiendo sancocho!, ¡patas de pichiche!…” son sólo algunos de los muchos apodos que le oí mientras viví con ella. Pero, sobre todo,  era una fabulosa contadora de historias, especialmente si de su propia vida se trataba

Cada tarde, mis dos hermanas y yo, junto a Mamá Lola, calentábamos agua en una ollita  y tomábamos café, como ritual para prepararnos a escuchar las historias de su vida. A veces, le escuchábamos las mismas narraciones, pero contadas cada vez de manera distinta: agregaba personajes, reinventaba diálogos, cambiaba matices; pero en todas, ella siempre ganaba.

Como todo buen líder, mi abuela era controversial. Para muchos encarnaba la santidad: “no, la niña Lolita sí tiene un corazón de oro”, “Dios la cuida porque es buena gente”, “Dios la ha bendecido con estos niños tan buenos”.   Para otros, por el contrario, era la casi perfección de Satanás en femenino: “a esa vieja no le importa que nos vayamos a vivir al basurero”, “dicen que es bruja y, ‘asegún’ como vive, yo creo que sí es; parece que tiene pacto con el diablo porque no le importa hacerle mal a cualquiera”.

Nació  en San Lorenzo, un pueblito del corazón de América, donde aparentemente nada pasaba, descendiente de una familia gobernada por mujeres… tan opresivas y tiránicas que no necesitaban macho alguno, pues ellas eran lo suficientemente déspotas como para hacer sufrir a los suyos, sobre todo a las mujeres. 

Muchas de las féminas de su familia se habían casado más que por amor, por una necesidad mayor de salir de la opresión de la madre, de la abuela, o de ambas. Todas, antes de la primera hija de su hijo varón, habían despachado a los maridos y reproducido el ciclo de la tiranía con sus hijos e hijas. 

Tiránica, buena, mala o simplemente un poco de todo, Mamá Lola me dio las lecciones más importantes de mi vida: la importancia de la autonomía económica de las mujeres, el orgullo de un apellido sin abolengo, la capacidad de empezar siempre de nuevo, el riesgo de aventurarse a lo desconocido pero siempre segura de que algo bueno vendría. Me heredó también el sentido de ubicación el la vida, tan necesario para sobrevivir  dignamente en cualquier sitio de este mundo.

Vino al mundo durante la  primera guerra mundial y murió tres años antes de que terminara la guerra civil salvadoreña.  Su muerte sucedió veintidós días después de que mataran a los Jesuitas, un poco debido a la orfandad en la que se sintió  sin ellos, un poco por el susto que le dio la ofensiva del 89 y, más que todo, a causa de un enfisema pulmonar desarrollado por el humo que tragó año tras año mientras hacía tablillas de chocolate para vender. Esta es su historia, la de su familia  y un poco la mía también.

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