viernes, 11 de marzo de 2011

EL CHUCHO DEL PORTILLO II


Ella calló, se vistió despacio como pudo. No le contestó nada a Emigdio pero empezó a pensar qué iba a hacer. Su papá la había andado buscando, pero se tranquilizó al oír los rumores de que el General Ibarra se la había llevado. “¡Cuando el río suena es porque piedras lleva!”, dijo Don Servelio.  De seguro está con él. 


Cuando Don Servelio vio venir a la Candona –toda sucia, golpeada y morada debido a las ataduras de las manos y los pies– dudó un momento de que Emigdio sería un buen esposo, Pero después pensó: “no, debe ser solo un pleito pasajero”.

Todo el pueblo ya sabía lo que había pasado. Emigdio, feliz, había andado repartiendo tragos, dinero y sonrisas; contando  con lujo de detalles cómo había podido, por fin, dominar a la Candona. Para confirmar su bondad le aseguró al pueblo entero  que, en un par de meses, se casaría con la Candona, para honrarla.  Habló con Don Carlos Ibarra, su papá para que le heredara las dos caballerías de tierra que le tocaban, las reses respectivas y los solares de las mujeres que había preñado ya que, aunque tenía pensado casarse con la Candona, las otras mujeres le podrían servir para un rato de aburrimiento. 

Emigdio y Don Carlos Ibarra quedaron de acuerdo en que al sábado siguiente debían ir a pedir la mano de La Candona, así que el pueblo entero empezó a disfrutar la boda del mejor partido de San Lorenzo con la mujer más esquiva y bella del pueblo.

En la casa de los Sermeño, Doña Domitila y Don Servelio estaban felices pues al fin casarían a una de sus hijas, y nada mejor que con Emigdio Ibarra. Don Serve ya se veía el día de la boda entregando a su hija. La Candona fue entonces la envidia de las jóvenes de San Lorenzo, el orgullo de sus padres y el trofeo del General Ibarra.

Todos estaban tan contentos con la boda que nadie percibió que La Candona,  por el contrario, estaba retraída, triste, y ausente de todo lo que el pueblo hablaba de ella, de Emigdio y del gran evento.

El sábado, día en que los Ibarra iban a pedir la mano de la niña, los Sermeño habían amanecido preparando todo: mataron varios cuches, llevaron a los mejores músicos de Atiquizaya, e invitaron a todo el pueblo para atestiguar el enlace matrimonial.

Ese día la Candona había quedado de verse con Abraham Cárcamo: un poco para contarle cómo se sentía, otro poco para continuar con el plan que tenían de fugarse.

Ella lo vio venir a lo lejos, recordó su olor y la sensación de protección que ella sentía cuando él la abrazaba. Hasta entonces pudo llorar. Le contó con detalles cómo el General Ibarra y Loncho la habían emboscado y atado como res, para inmovilizarla; le contó que la cogió sin piedad, sin delicadeza, ciego del deseo y la rabia que sentía por las burlas que ella provocaba sobre él en el pueblo. “¡Me dominó como quiso!”, le dijo… “¡Puta, qué jodida le dio!”, pensó Abraham. Ella terminó su relato contándole que el General le había dicho que él la quería bien, que le perdonaba las burlas y que, como muestra de su amor, se casaría con ella en dos meses.

Abraham la abrazó por largo rato, le acarició los cabellos y le besó la frente con delicadeza y comprensión. Luego se safó poco a poco y le dijo que él sentía rabia por lo que le había sucedido, impotencia y culpa por no haber sido capaz de cuidarla más. Pero también le aclaró que él no podría cumplir su palabra, que no era posible seguir con su relación porque él no iba a casarse con una mujer que no fuera virgen, y menos tomando en cuenta lo que todo el pueblo sabía. “El General ya decidió casarse con usted; y ante eso, no tengo más opción que alejarme”, le dijo.

“¡Pero, yo no lo quiero a él sino a usted!”, respondió la Candona. Y Abraham replico: “¡Sí!, pero yo no puedo quitar de mi mente las imágenes de él con usted… ¡no puedo! Si quiere podemos seguirnos viendo cuando se case, pero en Atiquizaya o en Chalchuapa para que nadie nos vea”.

Entonces la Candona fue atrapada por la ira y empezó a insultarlo. “¡Culero!”, le dijo. “¿Cómo pude pensar que usted me iba a responder bien? Si usted vive bajo las naguas de su nana y ya se sabe que usted hace lo que su tata le dice”.  Y continuó: “bueno, entonces no hay más qué hablar”.

Abraham la detuvo y le dijo: “¡cásese con el General, Candona!; no le va a faltar nada, tendrá más tierra, sus hijos tendrán el apellido Ibarra y usted se va a casar con el mejor partido del pueblo, ¡¿qué más quiere?!”.

Ella lo vio pero ya no encontró al hombre del que horas antes estaba enamorada. Vio solamente a otro General Ibarra, pero más cobarde. Entonces ya no habló más y emprendió su camino a la fiesta de “su pedida de mano”.

Llegó tarde porque se había ido a pie, desde El Portillo. Ya todos estaban alarmados buscándola. Ella saludó y se fue a su cuarto, luego llegó la Candita y su mamá para ayudarle a vestirse para la fiesta. Se baño, se perfumó, se puso el vestido que le habían mandado a comprar a San Salvador,… y cuando apareció en la fiesta, todos confirmaron que el General Ibarra tenía razón de haberla elegido para su esposa. Era una mujer bella.

Se sentó a la par del General, como correspondía, y Don Carlos empezó a hablar: “pues bien, Don Serve, ya ve estos muchachos… ¡nos la jugaron! Estaban enamorados y nadie sabía. Y aquí nos tiene, respondiendo honestamente por nuestras faltas. Emigdio me ha dicho que se llevó a la Candona, pero que quiere honrarla y venimos aquí a pedir su mano para que se casen en dos meses”.

“¡Como no!, Don Carlos, ya sabe”, contestó Don Serve. Y agregó: “le concedo la mano de mi hija pues sé que el General sabrá honrarla, quererla y respetarla como Dios manda. Me parece que la boda sea en dos meses. Así nos da tiempo de traer todo de San Salvador para los preparativos”. Las respectivas madres también estuvieron de acuerdo.

Fue entonces que se paró la Candona y dijo:
– ¡Y a ustedes, ¿quién les dijo que yo me voy a casar?!
– ¡Calmate, hija!, dijo Doña Domitila.
– ¡Nada de calmate, mamá! ¡Yo, con este viejo hijueputa, no me caso! A ver… ¿ustedes ven ese palo de mango que está allí?
Todos se sorprendieron y no contestaron. Ella insistió:
– ¡¿Lo ven o no lo ven?!
– ¡Sí!– contestaron todos, desconcertados.
–¡Pues prefiero “horcarme” en ese palo que casarme con este viejo pistolero, hijueputa!.

Todo se calló de repente: las risas, la música, los murmullos. El General estaba rojo de ira y vergüenza. Don Serve, tratando de imponer su autoridad, le dijo a la Candona:
– Pues usted se casa porque ningún Sermeño falta a su palabra, y yo ya le di la mía a Don Carlos.

– Pues si le dio su palabra, cásese usted papá. Yo no. Y si el apellido es el problema, el remedio está en la mano: de aquí en adelante ya no seré Sermeño, seré Guerra.

Allí Don Serve cayó redondito. Quince días después murió por la apoplejía que le causó un coagulo en el cerebro, pero todo el pueblo dijo que fue por la Candona.

Ella no se echó para atrás. Ni se casó con Ibarra ni volvió a usar el apellido Sermeño. Además, mantenía escondido un lazo, por si a sus tíos se les ocurría querer obligarla otra vez a casarse con Emigdio. El General Ibarra agarró una zumba de un mes mientras le duraba la vergüenza. Doña Domitila perdió el brillo pero apoyó a su hija, aprendió a vivir con la vergüenza de tener una hija  “rota”, una nieta producto de la violación del General, y de oír a la Candona contestar a quien le preguntara que el padre de su hija era un chucho.

A la niña le llamaron Bertila Guerra. Y las tres mujeres –madre, tía y abuela– la  amaron y cuidaron hasta el extremo de sofocarla y provocar en ella –mi bisabuela ̶  otra rebelión femenina muchos años después.



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