viernes, 15 de abril de 2011

La tía Isolina


Finalmente, resignado ante las ofensas y desplantes de la Candona, el general Ibarra logró encontrar, en Atiquizaya, una muchacha con la mayoría de cualidades que él buscaba en una esposa: hablaba cuando él le indicaba, le servía, le recogía los platos, le aceptaba las infidelidades… todo por llevar el apellido Ibarra y tener posibilidades económicas para criar, sin apuro alguno,  a sus cuatro varones y a su hija, Isolina.

Isolina se había criado en los mejores colegios, había aprendido a ser “una mujer de su casa”: tejía, cocinaba y tocaba la guitarra, con la cual se acompañaba para cantar en cualquier fiesta, celebración donde se lo solicitaran. Había cobrado fama por su voz. “Canta como los ángeles”, decía la gente. Isolina era la hija preferida del general, la única mujer por quien el general se doblegaba. Iba donde quería, hacía lo que le venía en gana, todo lo que hacía era motivo de satisfacción y alegría para Emigdio Ibarra.  Nadie la contradecía, empezando por su madre, quien había aprendido también a cumplir al pie de la letra con la voluntad de su hija.

Nunca Isolina se imaginó cómo el amor cambiaría su vida, jamás pensó que la buena vida terminaría,  ni que ella acabaría sus días loca, pidiendo comida en las calles de Ahuachapán y Atiquizaya, repudiada por su familia, viviendo sólo del recuerdo de “la niña de familia” que había sido, criando un hijo en la mendicidad, viviendo por el resto de su vida con el estigma de la traición, y con la culpa de la enfermedad que los hechos causaron al general, a quien más amaba en la vida.

Cuando Isolina nació, el general ya estaba a punto de dejar a Doña Angelita,  su esposa, pues le echaba la culpa de que no había sido capaz de darle una hija… que era tan inútil que sólo varones paría. Hasta ese momento, el general había engendrado una sola niña: la Bertila, hija que no había podido tratar por la negativa de la Candona. Él veía de lejos a la Bertila, la contemplaba y añoraba ser parte de su vida. Con la ayuda de la dueña del almacén del pueblo le enviaba vestidos, juguetes y otras cosas, obsequios que más tardaban en salir del almacén que en ser devueltos, rechazados por la Candona. Agripina, la dueña  del almacén le decía:

  Déjeme hacerle este regalo a la niña, mire que se verá bien.
Pero la Candona, que intuía de donde venía el regalo le contestaba:
  No, si usted no tiene por qué regalarle nada a la niña. Y si se lo han mandado, con más razón; dígale a ese viejo que se meta los regalos en el culo, tal vez le caben.

El general nunca imaginó que la niña, nacida de la violación a la Candona, le ocasionaría sentimientos inexplicables: experimentó por primera vez un amor que no conocía. Pero ante la negativa de la Candona de que se acercara a  la niña, él   añoraba tener otra hija con su esposa. Doña Angelita sufría por que, con cada embarazo, soñaba que saliera una niña, pero con el anuncio de que el recién nacido era varón rompía en llanto, un largo llanto que le duraba casi los cuarenta días de la dieta. Vivía culpándose de que no podía darle al general la tan anhelada hija, y vivía con los celos a flor de piel por el fantasma acechante de la Candona.

Nunca había entendido cómo esa “macha” había vuelto loco a su marido, y entendía mucho menos cómo él, siendo como era, había permitido  tanta humillación al rogarla y rogarla para que se casara con él.

Como le recordaba lo inútil que era para parir una niña, tal como se lo echaba en cara el general, doña Angelita no podía ni ver a la Bertila. Los primeros años no fueron problema porque, como la Bertila creía que su papá era el chucho del Portillo, ella no visitaba al general. Pero al cumplir los catorce años supo la verdad, y desde entonces padre e hija se habían acercado tanto que Doña Angelita sufría pensando que, por causa de la niña, él podía buscar de nuevo a la Candona. Por eso, cuando de su quinto embarazo nació Isolina, Doña Angelina sintió que al fin la vida le regresaba.

Todos vivían para la niña: la mamá se levantaba varias veces por la noche a comprobar que todo estuviera bien, la bañaban con agua de rosas preparada especialmente para ella, le mandaban a traer toda su ropa a San Salvador…

Por su parte, con el nacimiento de Isolina, el general dejó del lado a la Bertila, y también la relación que habían empezado a construir con ella. Fue tanto así que después sólo le dejaba dinero con la servidumbre, para dárselo a la Bertila si se aparecía.

Cuando la Candona lo supo, agarró a la niña y el dinero; se apareció en la casa del general y le dijo:

  ¡Aquí está su pisto mierda! ¡Yo le dije que no necesitaba nada de usted!
Dirigiéndose a la niña, le dijo:
  ¡Y a vos!, ¿no te dije que tu tata era un chucho?!Ya lo ves! ¡Así es!
Y le dijo al general:

  Ojalá esa niña payula que acaba de tener le haga pagar lo que ha hecho sufrir a esta cipota. Allí va a pagar todas las que ha hecho. Porque así es la vida: aquél que más amamos es quien nos traiciona. ¡Así que hasta aquí llegó esto!

La Candona dio la vuelta y salió muy dignamente de la hacienda con su hija. En el paso encontró a Doña Angelita, que iba a reclamarle de por qué estaba allí; pero, al verla, la Candona le dijo:

  ¡Y usted, vieja pendeja, déjeme pasar, y no me diga nada, que es la última vez que verá aquí a mi hija!— Les repito— ¡su hija será su maldición”!

Y así fue. Isolina fue artífice de la mayor traición que le hubieran hecho al general. Él no lo vio venir. Jamás pensó que el traidor que buscaba entre las filas de su ejército estaba en su propia casa, y que las pruebas de la traición siempre estuvieron a la vista de todos, en la sala principal, en la caja de madera que él mismo le había regalado a Isolina.

Jorge e Isolina se conocieron en una reunión que el Padre Cerritos había hecho con el fin de presentar, a las familias más prestigiosas, la nueva imagen de la Virgen traída desde España.

Jorge era un hombre vivaz, ambicioso y con deseos de incursionar en la política del país. Por ello, había apoyado al partido laborista y se había hecho fiel seguidor de Arturo Araujo.

Cuando este último ganó las elecciones de 1931, Jorge –que además compartía algunas ideas que promulgaba el recién fundado Partido Comunista Salvadoreño– disfrutó hasta el amanecer con algunas familias de San Lorenzo. Isolina lo veía a escondidas de su padre, pues el general era más bien de la línea dura de los militares. Desde que Araujo ascendió al poder, un grupo de militares había estado descontento por  las  reformas que anunciaba: repartir tierras del Estado y de los latifundistas, aumentar los salarios, rebajar las jornadas de trabajo. Finalmente, ninguna promesa se cumplió; pero eso no impidió que algunos militares, incluido Emigdio Ibarra, hicieran lo que fuera necesario para impedir que tales promesas llegaran a cumplirse.

Cuando los dirigentes del Partido Comunista vieron la oportunidad de obtener, por medio de Isolina, detalles sobre los movimientos de los militares, no dudaron en pedir a Jorge que la enamorara, y que la convenciera de que pasara toda la información necesaria para beneficiar el proyecto comunista en El Salvador. Después de todo, “el fin siempre justifica los medios”, decían.

Isolina tenía una caja de madera que su padre le había comprado en una tienda de antigüedades durante un viaje que él había hecho a Suiza. Según rezaba la licencia de producción, la caja había sido hecha a mano en 1825. Para todos era común ver la caja de Isolina en la sala principal de la casa. Ahí guardaba ella todo lo que era importante: fotos de su papá, cartas de amor de novios pasados… Y  todos tenían prohibido abrirla. A la par de la caja permanecía la llave, pero solamente Isolina la podía abrir.

El general no se explicaba cómo no podían encontrar in fraganti a los revoltosos comunistas en sus reuniones. Cada vez que los militares tenían buena información, los reunidos se adelantaban y se escapaban a tiempo, así que nunca podían agarrarlos. Tampoco entendía el general cómo cualquier pequeño intento de golpe de Estado caía en saco roto porque, antes de concretarlo, Araujo y sus más fieles seguidores ya sabían al respecto y lo impedían.

Tantos fracasos tuvo el general que concluyó que, dentro de propias sus filas de subalternos, existía un traidor. Puso señuelos, tentó a varios con dinero para que delataran a sus compañeros, fingía reuniones donde estaban unos pocos para ir delimitando dónde podía estar el traidor… pero no lograba dar con nadie. Ya los miembros de su grupo más cercano lo veían mal porque pensaban que él mismo era el traidor, y que más bien estaba fingiendo buscar a otro. Emigidio Ibarra intentó de todo, y no pudo encontrar al traidor hasta el día en que su compadre, el general Eusebio López, llegó con cara de congoja a contarle lo que había sabido gracias a un infiltrado que tenían en el Partido Comunista.

  ¡Usted está loco!— gritó el general— ¿De dónde sacan que Isolina es quien pasa la información tanto a los aliados de Araujo como al Partido Comunista?

  ¡Esta niña ni sale de aquí!— vociferó Emigdio.
  Pero ella es— le dijo su compadre con miedo de que, por la cólera, el general Ibarra fuera a dispararle en plena sala.
  No, ustedes están locos… ¡Eso no es posible!— concluyó, y lo echo de la casa.

El general pensó: “quizás la han engañado”… Y le preguntó directamente; ella lo negó y le dijo que no entendía nada de política y que no conocía a nadie que él no conociera. Él se tranquilizó, pero la hizo seguir durante dos meses. Y aunque comprobó que conocía a Jorge, no tenía ni una prueba de que fuera ella quien pasaba la información al enemigo.

Ese día, el general estaba con Doña Angelita en la sala, y apareció Isolina dispuesta a ir a tomar un baño: se quitó los aritos, la esclava y la cadena que le habían regalado para sus quince años; abrió la caja y guardó sus prendas, como hacía todos los días; besó a su papá y se fue al baño. Cuando el general vio que guardó las joyas en la cajita, ¡ató cabos!... Sólo esperó que ella se fuera a bañar para abrir la caja y comprobar, con su corazón, lo que sus ojos no podían creer. La caja de Isolina estaba llena de cartas en donde ella contaba a Jorge todos los movimientos de su padre, de los aliados del general; las conversaciones del general con otros militares; los planes para atrapar a los dirigentes del Partido comunista; todo, todo estaba allí, a la vista de todos.

¡Emigdio se deshacía de la cólera! Y la primera a quien golpeó fue a Doña Angelita: la culpó de que ella no había criado bien a Isolina. Doña Angelita no entendía lo que estaba pasando
Luego, el general subió al cuarto de Isolina, quien se estaba bañando tranquilamente. Él entró de un solo, abrió la cortina del baño, ella se tapó como pudo y gritó: “¡Papá! ¿Qué le pasa?”.  Y él exclamó: “¡Que qué me pasa hijeputa! ¡Qué qué me pasa, me preguntas!”… ¡Me pasa que ya te descubrí, ya sé que sos dama de ese tal Jorge, y que eras vos la que le pasaba toda la información a ese desgraciado”. Ella palideció y alcanzó a decir: “¡¡papá, perdóneme!!”.

Él ya no le contestó, la agarró del pelo y como estaba, desnuda, la sacó de la casa frente a todos los vecinos, que no esperaban ver algo así. Doña Angelita alcanzó a tirarle por la ventana un vestido y unos zapatos.

El general le grito: “!desde este día no sos más mi hija!, ¡te maldigo porque sos lo que más he amado y me traicionaste!, ¡todo te hubiera perdonado menos la traición!” Luego le aventó la caja con todo su contenido, y prohibió a Doña Angelita y a sus hijos varones que ayudaran a Isolina, que no debían ni hablarle, que si él llegaba a saber que uno de ellos desobedecía, entonces correría con la misma suerte de Isolina. Nadie nunca se atrevió a contradecir sus palabras.

Por su parte, Isolina fue a buscar a Jorge, quien ya se había enterado de lo sucedido… y, antes de que ella llegara, ya había emprendido viaje a Guatemala, por el temor de que el general llegara y lo matara.

Nadie pudo ayudar a Isolina. Enloqueció de pena y vergüenza. Pocos meses después parió un varón donde Doña Agripina, quien, además de ser la dueña del almacén del pueblo, era una comadrona conocida. La ayudó por caridad humana, pero no pudo hacer que Isolina le dejara cuidar al niño. Entonces, Jorgito se crió en las calles de Atiquizaya y Ahuachapán junto a su mamá, loca; vivían de lo que la gente les regalaba. El niño comía bien pero ella siempre veía gusanos en toda la comida que le daban. Así, hasta el fin de sus días, Isolina vivió en la mendicidad, y con la vergüenza de la traición hacia su padre.

El general vivió muchos años más y, aunque no se olvidó de Isolina, jamás la perdonó. Cuando él murió, todos creyeron que ella regresaría a la casa, aun loca. Pero el general dejó explícitamente escrito su testamento que, para poder gozar de sus bienes, sus herederos debían cumplir la promesa de nunca ayudar ni Isolina ni a Jorgito.

A la Bertila, su primera hija, el general le dejó una parte de la herencia de los Ibarra, pero sus medio hermanos, hijos también del general se la gastaron en burdeles, pistolas, chupas y peleas de gallo. Todo lo perdieron.  Años después  esos medio hermanos volvieron a buscar a la Bertila pero para pedirle ayuda  y ella se las dio, aunque limitadamente pues tenía dos hijas que criar.

Doña Angelita, aun después de muerto el general y sin un solo quinto partido por mitad, no fue capaz de desobedecerlo y jamás ayudó a su hija. Cuando Isolina fue recluida en un sanatorio psiquiátrico del Estado,  fue incapaz de ir a verla a pesar de vivir con la pena de tener una hija loca y mendiga.  El niño fue dado en adopción y nunca se supo su paradero.  Isolina murió y fue enterrada como desconocida en una fosa común.

Dicen que la Bertila repetía en voz baja: “yo se lo dije a ese viejo hijueputa… que esa payula iba a ser su perdición”. Y así fue.









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